En el estudio no paramos de escuchar la siguiente frase: “soy cero fotogénico, salgo fatal en las fotos”. Muchas personas llegan con esa preocupación y no se sienten demasiado seguros de sí mismos a la hora de encarar una sesión de retrato fotográfico. A lo largo de la sesión, se van dando cuenta de que eso no es más que un miedo infundado y un prejuicio muy limitante que existe dentro de ellos. Es cierto que hay personas que tienen más facilidad para relajarse que otras pero al final todos salimos bien.

¿Como se consigue?
Aquí compartimos algunos pequeños secretos infalibles que te pueden ayudar:
Escoge a un buen profesional: Lo cierto es que no existen las personas “no fotogénicas” sino mal iluminadas. Para consuelo de los profesionales que estén leyendo esto diré que eso nos pasa a todos y que mejores o peores tomas son algo natural. Nadie es perfecto. Pero lo cierto es que la experiencia y la profesionalidad son fundamentales a la hora de retratar y en general de sacar una buena foto. Hoy todos podemos tener una cámara medianamente buena con la que hacer fotos decentes, incluso los teléfonos móviles cada vez nos ofrecen mejores calidades técnicas, pero el oficio es algo que requiere años de práctica, tesón y talento. Y eso se nota en el resultado, así que si realmente quieres tener un buen retrato tuyo, el primer paso es escoger un buen profesional, que te inspire confianza y con quien te sientas a gusto para hacer tu sesión.
Deja tus expectativas en casa: todos tenemos un concepto bastante idealizado de quienes somos y eso se aplica tanto al “salgo fatal, menudo desastre” como a una pretensión en exceso perfeccionista de querer aparecer como si fuéramos actores de Hollywood. Lo cierto es que en el término medio es dónde se encuentra la realidad. El retrato es un viaje hacia dentro, tanto que a veces suceden cosas que te pueden llegar a sorprender muchísimo. Para eso, lo primero es dejar a un lado cualquier expectativa de salir mal o bien. Estar abierto a aquello que llegue y dejar que suceda es la mejor actitud para comenzar una sesión.
Confía: Muchas veces, cuando las personas llegan llenas de preocupación porque su nariz es demasiado grande o demasiado pequeña, no les gusta la forma de su boca o se ven muy “mayores” el consejo que les damos es que se olviden de eso y se concentren en aquella parte de ellos mismos con la que realmente se sienten a gusto. Puede ser tu fuerza de voluntad, lo bien que se te da hacer pasteles, la habilidad con la jardinería o el último maratón que conseguiste terminar. Sea lo que sea, todos tenemos un aspecto con el que nos sentimos plenos y  nos hace sentirnos seguros. Esa es la confianza que queremos evocar cuando estamos delante de una cámara.
Relájate y diviértete: Decía Steve McCurry que “ si sabes esperar la gente se olvidará de tu cámara y entonces su alma saldrá a la luz”. Uno de los grandes secretos en fotografía es precisamente ese: relajarse. Volver a ser un niño y tomarse la sesión como un juego en el que simplemente no sabemos qué va a pasar pero sólo el hecho de jugar es suficiente motivo para vivir la experiencia. La foto llega cuando tiene que llegar, es sólo un pequeño momento de espera y mientras tanto lo mejor que podemos hacer es precisamente volver a conectar con aquel niño o niña que fuimos y dejarnos llevar.
En el siguiente vídeo, se muestra como la iluminación  puede cambiar la cara de una persona (puedes ir pausándolo para ver las diferencias)
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